EL BUS DE INFANTIL
PINOCHO 
   Gepetto era un viejecito que vivía muy solo en su cabaña.
   Un día, se hizo un muñeco con un trozo de madera. Parecía un niño de verdad. Le puso por nombre Pinocho.
   - ¡Lástima que no puedas hablar...! ¡Seríamos tan buenos amigos...!
   De pronto, apareció el hada del país de la Ilusión y quiso conceder a Gepetto su deseo.
   - ¿Quieres que tu muñeco Pinocho hable y corra como cualquier otro niño...? ¡Pues sea...! - y al decir esto, el hada tocó con su varita mágica al muñequito, que al momento empezó a correr y a saltar llamando papá a gepetto.
   - Ahora, Pinocho - dijo el hada -, tendrás que ser bueno. Irás al colegio como los demás niños y no mentirás nunca, pues cada vez que mientas, te llevarás una desagradable sorpresa.
   Al día siguiente, Pinocho se dispuso a ir al colegio con su cartilla debajo del brazo. Por el camino, se encontró con unos niños que le dijeron:
   - ¡Vente con nosotros al circo! Está en la plaza del pueblo y Pinocho se fue con ellos.
   El dueño del circo, al ver aquel muñeco que se movía como un niño de verdad, le hizo cantar y bailar en el escenario. Cuando acabó la función, y como Pinocho quería volver a su casa con Gepetto, lo encerró en una jaula para que no se escapase. Así pasaron varios meses. Pinocho lloraba y lloraba mucho, acordándose de Gepetto, hasta que un día el hada del país de la Ilusión vino en su ayuda. Se le apareció y, tocando con su varita mágica la jaula, sin saber cómo, Pinocho se encontró en la puerta de su casa. Gepetto se alegró mucho de volverlo a ver.
   - ¡Pinocho, hijo mío!... ¡Cuánto he llorado creyéndote perdido para siempre! ¿Donde has estado...?
    Pinocho comenzó a decir mentiras y mentiras y, mientras hablaba, sintió que su nariz crecía y crecía lo mismo que sus orejas, que tomaron la misma forma que las de un burro. Pinocho se avergonzó tanto de su aspecto, que huyó de casa.
   - ¡Pinocho, Pinocho, vuelve!... Yo te perdono. A mi no me importan tu nariz y tus orejas... ¡vuelve!
   Pero no volvió. El bueno de Gepetto cogió un farol, pues era de noche, y salió en busca de su niño, mas no le hallaba por ninguna parte. Preguntó de pueblo en pueblo por él y siempre el mismo resultado: nadie lo había visto. Así llegó a la orilla del mar. Gepetto cogió una barca y se dirigió a una isla, para ver si estaba allí Pinocho. A mitad del camino, una enorme ballena se tragó al pobre Gepetto con barca y todo.
   Mientras tanto, Pinocho, que estaba arrepentido, había vuelto a su casa y la encontró vacía. Se enteró de la aventura de Gepetto y de que el barco en que éste viajaba se lo había tragado una ballena. Y, sin pensarlo más, decidió ir a salvar a su papá. Para ello, se embarcó con unos pescadores. Un día, una ola hico caer a Pinocho al mar. Pinocho se hundía y se hundía... cuando de pronto... ¿qué diréis que pasó? Pues que apareció la ballena y, ¡allá que te vas!, Pinocho, junto con muchas sardinas, se encontró en la barriga de la ballena y se reunió con Gepetto. ¡Qué alegría se dieron los dos de encontrarse de nuevo! Para salir de allí, tuvieron una idea; con los remos de la barca, hicieron cosquillas en la garganta de la ballena, que sintió un picor muy fuerte, tanto, que no pudo resistir y... ¡¡atchis!! El estornudo fue tan terrible que consiguió desprenderse de aquello que le molestaba. Y allá que van, Gepetto, Pinocho, barca y sardinas, que en medio de una gran ola, fueron a parar a la playa. Una vez de vuelta a su casa, Pinocho comenzó a contar sus aventuras, cómo había desobedecido primero y mentido después. Prometió no ser malo y hacer cuanto le dijera Gepetto. Apareció el hada, que le concedió una nueva oportunidad. Con su varita mágica, devolvió a Pinocho su aspecto normal, sin orejas de burro y con la nariz como la de cualquier otro niño.
   Todos se alegraron mucho y Pinocho, que fue muy feliz con Gepetto, cada día que pasaba se parecía más a un niño de verdad, hasta que un día dejó de ser muñeco... y, eso sí, nunca, nunca más volvió a decir una mentira.
   Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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