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En una apartada aldea, habitada únicamente por animales, vivía una lenta Tortuga muy trabajadora. Con su paciencia, se había construido una preciosa casita que gustaba a todos menos a la Liebre. La Liebre
era muy presumida porque corría más que nadie, pero tenía
mucha envidia porque no había conse-guido una casa tan bonita como
la de la Tortuga.
¡Qué lenta eres! Aprende de mí que siempre llego la primera a todas partes. En la aldea, todos se enfadaban con la Liebre pues querían mucho a la Tortuga porque era muy buena. ¿No te da vergüenza? - le decía Osito a la Liebre. Ella hace lo que puede, todos la queremos. Trabaja y va a la escuela. Deberías aprender de ella. Pero la Liebre no hacía caso y seguía burlándose de la Tortuga. Un día, la Tortuga que ya estaba harta de aguantar las impertinencias de la Liebre, le dijo: Yo me esfuerzo por ser más rápida y puedo correr tanto como tú. Cuando quieras, te lo demostraré. A la Liebre casi le da un ataque de risa. Pero luego aceptó porque estaba segura de que iba a ganar y a reirse mucho de la Tortuga. Todos los vecinos acudieron a ver la carrera y animar a la Tortuga. Señalaron la meta. El Perro dio la salida y todos esperaron a ver qué pasaba. La Liebre salió como una flecha. La Tortuga iba detrás, sudando, pero a cada momento se quedaba más retrasada. -¡En buen lío te has metido! decía Osito. Si no corres más, harás el ridículo. La Tortuga no decía nada y seguía sudando y avanzando a su paso cansino. Los animalitos le gritaban para darle ánimos, pero cada vez la distancia entre las dos era más grande. En ese momento, la Liebre que iba muy adelantada, pasó por delante de la huerta del Perro y vio unas zanahorias riquísimas. Como era muy golosa, no pudo resistir y se paró a comer algunas. Mientras, la Tortuga seguía avanzando lentamente. -¡Ánimo!
¡No te pares! ¡Continúa! - le decía la Ardillita
a la cansada tortuga.
-¡Bah! Dijo, en un par de zancadas alcanzo y adelanto a esa tonta. Y se puso a correr como un rayo. Pero ya
era demasiado tarde. Cuando la Liebre quiso adelantar a la Tortuga, esta
ya estaba entrando en la meta.
La Liebre aprendió la lección y ya nunca volvió a burlarse de la Tortuga y de nadie más.
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